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paren los bocadillos de la merienda, que obsequien a las visitas con pastas y churros, que hagan las croquetas para aprovechar los restos de la cena. La mayor parte de ellas tienen grabado a ruego que la comida no se tira, pero viven con la realidad de niños que no terminan su comida, o de maridos que no se presentan a comer. Se les ha enseñado que su valía depende de una mesa bien servida y de una nevera repleta. A cambio, su recompensa es quedarse con el cuello del pollo y terminar con los yogures caducados. Son leonas de la jungla: cazan, crían, aumentan, para ceder luego el mejor bocado y el prestigio al macho. Muchas de ellas viven la sensación de vergüenza y ocultamiento con aún mayor intensidad que las enfermas más jóvenes: consideran que deberían dar buen ejemplo, sienten que no pueden controlarse, que desequilibran el presupuesto familiar con sus excesos, temen que no podrán cuidar de sus hijos, o que sus maridos las abandonen. En su momento, eligieron o se vieron forzadas a responsabilizarse de la casa. Si fracasan en esa misión, si no mantienen una casa impecable, las comidas a punto, si no se entregan por entero a los otros, si no renuncian a ellas mismas a favor de la familia, es decir, si atraen la atención hacia ellas o sus problemas, la censura social puede ser muy cruel. Por lo general, cuando una mujer adulta reconoce un trastorno alimenticio es tan grave que le impide continuar con una vida normal. O las circunstancias se han aliado de tal manera que lo 200

Cuando comer es un infierno  
Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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