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qué extraño caldo de cultivo da como resultado este trastorno. Es posible que la línea científica que se ocupa de encontrar soluciones al estrés dé con medicamentos válidos para la bulimia. Se investiga también hasta qué punto las variaciones de los niveles de serotonina pueden influir en el comportamiento alimenticio. Sin embargo, en apariencia nada ha cambiado. Observando la vida en la calle, las conversaciones, lo que dicen los medios de comunicación, nadie podría deducir que los hospitales reciben cada vez más consultas e ingresos por estos problemas, que los centros de día apenas dan abasto, y que resulta difícil encontrar alguna familia que no haya padecido estos problemas en su seno o en su entorno. ¿Dónde se meten las bulímicas? ¿Qué puestos ocupan? ¿Qué les distrae en su tiempo libre? ¿Qué tipo de familias o relaciones mantienen? ¿Por qué son invisibles? Si una bulímica no es una gran comedora social y ha hecho de la ocultación un hábito, nadie, salvo los que viven con ella, pueden sospechar que esa criatura habladora, sociable, con apetito por la comida o por la vida, está enferma. Ni su peso lo delata, ni su actuación parece denotar ningún conflicto. Suelen llevar una fascinante vida amorosa, cuajada de apasionados romances y sonadas rupturas; por lo general resultan populares, parecen ocuparse de su cuerpo, quizás demasiado, compran cremas y mucha ropa (por lo general de distintas tallas), y si acuden al gimnasio no son ni las más discretas ni las más torpes. Les gusta bailar y beber, 198

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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