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era imposible curarme. Pasé tres años en terapia y con el psiquiatra, pero la verdad, no me sirvió de nada, y todo por ser tan cobarde y esconder mi peso detrás de unas pesas. Y también por no tener la suficiente confianza con mi psicóloga. En estos años me han ingresado dos veces, pero no por ese motivo... bueno, en cierto modo sí. Como mi cuerpo estaba ya tan hecho polvo por pasar de un extremo a otro y por los vómitos, hubo un tiempo en el que todo lo que comía lo vomitaba. Me ingresaron una semana cada vez. Me arrepiento muchísimo de no haber confiado en mi psicóloga, y a veces siento ganas de volver y decírselo. Hace tres meses que me han dado el alta, pero si soy sincera, aunque ya no haga nada, siempre tengo en mente la idea de dejar de comer, o cuando acabo de comer pienso que ése sería un buen momento para ir al lavabo a vomitar, siempre tengo ese pensamiento. No estoy aún curada del todo, pero podría estarlo si no hubiera jugado tanto conmigo misma y con los médicos, porque al fin y al cabo ellos están para ayudar, no para competir, y yo les retaba, a ver quién ganaba, si ellos ingresándome o yo impidiéndolo y engañándolos. En aquel momento gané yo, pero hoy por hoy y durante toda mi vida seré yo la que habré perdido, todo por el orgullo anoréxico que me dominaba en aquellos momentos. Me arrepiento de todo lo que he hecho, porque es ahora cuando sufro las consecuencias y cuando no quisiera que fuera así. Antes me daba igual si me moría de hambre, o de un ataque al corazón 183

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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