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Fui al médico con un miedo horrible, si me pillaba me ingresaba seguro, y eso era lo que menos quería. Pero no me pilló, ni en aquel momento ni durante los tres años que continué así. Me salí con la mía, pero me prohibió hacer deporte. Yo protesté, pero veía que tenían razón porque casi no podía ni subir las escaleras de casa. Tenía que ir al médico dos veces a la semana, de modo que- cada día acarreaba mis pesas y así mantenía mi peso constante, a veces 50, otras 51 y otras 52. Hoy veo que ése fue mi mayor error, el de engañar al médico. Ahora preferiría mil veces que me hubieran ingresado, porque durante ese tiempo, y durante el que me quede, comencé a sufrir las consecuencias. Pero entonces yo estaba segurísima de que no estaba enferma, de que eran tonterías de los demás. No sé cómo, pasé de la anorexia a la bulimia otra vez. Me volvió a atacar aquella gran ansiedad, pero ahora mucho más fuerte. Llegaba a meterme ocho o nueve atracones en un solo día, a veces más, y me provocaba el vómito nueve veces dianas, más o menos. No había resuelto mis trastornos de la alimentación, así que durante cuatro años pasé de extremo a extremo. Mi parte anoréxica me decía lo mala que era, y me hacía sentir culpable, pero yo no encontraba límites, y si empezaba con un bombón tenía que comerme toda la caja. Si había roto una norma, ya no importaba hasta qué punto. Eso no hacía más que aumentar mi angustia, de modo que comía, y 181

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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