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después de haber tenido que comerme todo y no poder vomitarlo, y tener que quedármelo dentro. Ese sentimiento era tan fuerte y estaba tan depresiva que hasta había pensado más de una vez en el suicidio (aunque ahora lo vea como una gran tontería). Al cabo de un mes me pillaron vomitando y me llevaron de cabeza al médico, pero esta vez a un especialista y al psiquiatra. Al oír «psiquiatra», empecé a inventar estrategias para que no me diagnosticaran anorexia. Pesaba 48 kilos, y sabía que con ese peso me la detectarían. Tenía que subir dos o tres kilillos para engañar al psiquiatra, pero para mí era como ganar 20, así que se me ocurrió la idea de beber mucha agua. Cuando me pesaron la báscula marcaba casi 52; él me dijo que si bajaba de los 50 me ingresaría, aunque mi peso fuera 49,900. Sus palabras me asustaron muchísimo; nunca habría imaginado que dijeran la palabra «ingreso». Me dio hora para dos semanas después, para ver si seguía bajando. Pues claro que bajé, yo continuaba a mi rollo. Un día antes de volver a la consulta pesaba 45. ¡En qué lío me había metido! ¡Aiiiix! Tenía que inventar algo con toda urgencia. Pensé anoréxicamente, es decir, inimaginablemente. La idea que se me ocurrió fue colocarme unas pesas como las que me hacían poner en patinaje, de esas que se atan al tobillo, y elegir un pantalón ancho de hilo, para que pudiera dejármelo puesto, porque si llevaba téjanos el médico decía que pesaban mucho y que me los tenía que quitar. Me puse dos kilos en cada pierna y bebí muchísima agua. 180

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia