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estaba de gorda. Todas empezaron a gritarme y dijeron que lo sabían, que últimamente me notaban rara, que estaba muy débil, muy irritable, que no era la misma, que habían estado hablando de mí, y que al ver mi aspecto habían confirmado lo que me pasaba. No quise escuchar más, y en dos semanas no volví a hockey. Para mí era mejor, porque hacía el ejercicio que yo quería y no me desmayaba ante nadie, si veía que me mareaba paraba. Salía a correr cada día, hacía ejercicio a escondidas en casa; por la noche, a la una empezaba a subir y bajar las escaleras, a las cinco me levantaba para ir a correr sin que nadie lo supiera ya las seis y media ya estaba en casa y me acostaba para que mis padres pensa ran que había estado durmiendo toda la noche. A las ocho ya me levantaba y le decía a mi madre que me iba a la biblioteca, pero en realidad me iba a correr o a pasear durante horas, dependía de mis fuerzas. La última vez que salí de casa para ir a correr pesaba 43, pero ya no pude hacerlo más porque mis padres me controlaban muchísimo. Ya sabían la verdad, las «chivatas» de mis amigas de hockey se lo habían contado. Así que bajo el control de mis padres gané 5 kilillos. No podía salir de casa ni hacer ejercicio, lo único que me quedaban eran los abdominales por la noche, pero nada más. A raíz de esto, de ver cómo me prohibían y cómo me controlaban, me deprimí y mi malhumor se multiplicó. Me odiaba a mí misma, odiaba a mis padres, a todos, me aislé y sentía el deseo de morirme 179

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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