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por el peso; quería pesarme a todas horas, pero allí en la caravana no había báscula, y en el camping tampoco. Tan grande era mi obsesión que me iba cada día corriendo a un pueblo que estaba a tres kilómetros para pesarme, y dé paso quemaba calorías. Ese pueblo, además, estaba en la montaña; aquello se repetía cada día, me pesaba y me volvía corriendo otra vez hacia el camping, otros tres kilómetros de vuelta, esta vez de bajada. Me cansaba muchísimo pero sacaba fuerzas de donde no las tenía. Sólo pensaba en correr para quemar calorías, todo era una obsesión. No tenía ganas de ver a mis amigas, estaba siempre cansada y no quería salir con ellas. Estuve en el camping dos semanas. Al llegar a casa lo primero que hice fue pesarme. ¡Oléééé! 46 kilos, qué crack. Tanto esfuerzo había servido para algo. Tuve mi primer entrenamiento de hockey, pero antes de acabar me desmayé. Cuando me fui a la ducha, todas mis compañeras me miraban atónitas. Yo, muy acomplejada, cerré el grifo y me puse la toalla. Nadie decía nada, hubo un gran silencio, hasta que oí murmullos en las duchas mientras yo me cambiaba. Entonces se acercó a mí la capitana, luego la portera, y comenzaron a contar: uno, dos, tres... Yo les pregunté que qué estaban contando y que qué miraban. Me dijeron que me contaban los huesos pero que era imposible porque se tirarían horas. Yo les contesté que eran muy graciosas, pero que no necesitaba ironías para saber cómo 178

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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