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Entonces me propuse comer sin que quedara nada en mi cuerpo. Vomitaba después de cada comida; al principio me costaba bastante y me enfadaba muchísimo, porque me pegaba atracones y luego no era capaz de vomitar. Harta de hacer siempre esto, y de correr el riesgo de que me pillaran, decidí nuevamente no comer nada de nada para no caer en la tentación de atracarme. Pero ¿cómo lo haría? Pues la verdad es que cuando una está inmersa en estos trastornos llega a tener un ingenio exagerado, fuera de lo normal: te inventas y haces las mil y una para librarte de la comida, para tus trampillas. Tuve «la gran idea» para esconder la comida y que no me pillaran. Un día que me quedé sola en casa construí una especie de cajoncito debajo de la mesa de la cocina, como los de los pupitres del colé. Ahí iba metiendo mi parte poco a poco a cada comida, hasta que se quedaba el plato vacío. Y siempre que podía, intentaba comer sola. Mi madre veía cómo mi plato se vaciaba rápidamente, y me advirtió que no comiera de esa manera, porque esa ansia se debía a todas las tonterías de antes. Según ella, como durante todo ese tiempo me había prohibido comer a mí misma, ahora tenía más apetito que lo normal y mucha angustia. Yo decía que sí a todo para que no me pillara. Lo cierto es que si no probaba bocado esa ansiedad de la que ella hablaba desaparecía. Antes de la segunda fase anoréxica pesaba unos 60 kilos, pero en un mes me planté en 52. Me pilló en vacaciones. Yo estaba en el camping, obsesionada 177

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia