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tres kilillos más, mejor que mejor. Dejé de cenar. Me lo permitían, porque mis padres nunca pensaron que con lo obsesionada que estaba con el deporte me limitaría al comer, sino que lo hacía por cuestiones de salud. Al cabo de un mes, llegué a los 52 kilos. Empezaba a marearme jugando, mi nivel había bajado, y no quería ducharme en hockey para que no vieran lo gorda que estaba; porque ahí ya estaba el mal, yo me veía peor que antes. ¿Por qué? No lo sé, supongo que ya habitaba dentro de mí la enfermedad. Los piropos aumentaban, cada vez me los decía más gente y eso me hacía sentirme mejor, me daba fuerzas para seguir con mi plan. Un mes más tarde ya estaba en 48, alimentándome sólo con un zumo de 25 calorías que me compraba. ¿Cómo hacía para librarme de comer o para esconder la comida? Empleaba todo lo que se me ocurría, como meter la comida en los bolsillos, en las servilletas, pero una vez me pillaron. Me preguntaron que por qué hacía eso, y yo les dije a mis padres que quería bajar de peso. Ellos me propusieron hacer una dieta si yo dejaba de hacer el tonto con la comida, y dijeron que me pagarían un médico. Yo se lo prometí, pero no era tan fácil: ahora tenía que comer. No sé por qué no me podía controlar, ni podía comer normalmente, ni podía seguir la dieta. En ese momento me di cuenta de que tenía que comer todo o nada. Si me comía una galleta me tenía que acabar todo el paquete, y chocolate y muchas cosas. De esta manera, en poco más de dos meses engordé más de 10 kilos. 176

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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