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Siempre he sido muy deportista; juego a hockey, he jugado a fútbol, a baloncesto, y hago patinaje artístico. En clase siempre destacaba a la hora de gimnasia, y los chicos me envidiaban porque en realidad yo era mejor que algunos en fútbol, en básquet... Al hacer tanto deporte empezaron a salírme músculos, no de una manera exagerada, sino lo normal, lo típico; pero los chicos son tan crueles que si ven que una no tiene el cuerpo como las chicas finitas, la desprecian. A mí no me llamaban gorda, porque no lo estaba, sino travestí, marimacho, macho sin picha, y no me trataban como a cualquier otra de la clase. No le podía gustar a nadie porque era «la» marimacho. En patinaje, cuando ya estaba dolida por todo lo que me decían, el entrenador me explicó que yo tenía una constitución muy robusta, no muy femenina para el patinaje, pero que me iba muy bien para los saltos que otras no podían realizar por falta de impulso. Empecé a sentirme mal a la hora de ponerme mallas y jerseys ajustados por la espalda exagerada que tenía. Un día, harta de ser «el marimacho», no sé por qué, después de un entrenamiento no cené y no sentí hambre. Así comenzó todo. Primero dejé de merendar; tiraba los bocatas. Luego de comer pan, y con eso pasé de pesar 63 kilos a 56. ¡Olééé! Menudo logro. Con ese peso la gente me decía que estaba muy guapa, empezaban los piropos, algunos de clase me pidieron para salir... Yo me sentí orgullosa de mí misma... pero si adelgazaba 175

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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