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en una situación difícil, se enfrentaba a ella. Si algo le dolía, buscaba una solución inmediata, e intentaba descubrir desde el principio por qué se sentía así. Le costó mucho comprender que yo era más impulsiva y menos lógica, y que me regían las sensaciones. Y no tenía mucha paciencia. En un principio no pensamos en una relación afectiva. Yo había encontrado un amigo sincero, y él quería ayudarme, de modo que no hubo que ocultar nada, ni ningún intento de seducción. En muchas ocasiones se enfadaba conmigo porque yo me mostraba tremendamente reservada respecto a mis emociones, o porque le contestaba con evasivas en lugar de revelar qué me pasaba. Poco a poco aprendió a ser menos exigente, y yo me acostumbré a abrirme a él. Pronto me di cuenta de lo mucho que me ayudaba esa actitud, y de lo cercanos que nos sentíamos cuando expresábamos nuestras emociones. Eso me dio fuerzas y confianza, y en un momento dado, un domingo por la mañana, cuando yo ya tenía claro que estaba enamorada, decidí arrojar a la basura todas las cuchillas. Necesitaba pensar que mis circunstancias podían cambiar, y que podría experimentar una relación amorosa. Busqué un psiquiatra. No me fue bien con él durante las primeras sesiones, y por fin me recomendó a una de sus colegas, especializada en shocks post traumáticos. Cuando abordamos el tema de mi anorexia, me dirigió por fin a la que hasta ahora es mi psiquiatra. Superé los impulsos de lesionarme a lo largo de varios meses, y por fin, fui también 170

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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