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me. Mi amiga estaba fuera, de fin de semana, de modo que le abrí la puerta y quise despacharle, pero notó que estaba muy nerviosa y se las ingenió para pasar y hablar conmigo. Sin darme cuenta, le conté lo que hacía, y cómo estaba a punto de hacerlo. Él dice que hasta ese momento no se había fijado en mí, pero que me vio desesperada. Cuando le hablé de la automutilación no podía creerlo. Nunca había oído nada sobre ello, y nunca se le había pasado por la cabeza que alguien quisiera hacerse daño de esa manera. De modo que me hizo pregunta tras pregunta, y yo intenté justificarme. Él me convencía del mal que causaba a mi salud, y yo procuraba hacerle entender que me castigaba, y que al mismo tiempo, sólo así me sentía viva. Charlamos durante toda la tarde y parte de la noche. Ninguno convenció al otro, pero yo me sentí liberada de muchos pesos, y no me mutilé ese fin de semana, y él, dice, quiso saber más. Más de mis razones, y más de mis motivos. Desde entonces nos vimos cada vez más a menudo. Él deseaba ayudarme, pero en un principio su modo de hacerlo era imponerme normas, y convencerme de un modo racional de que lo que hacía estaba mal. Le fascinaba mi problema, y al mismo tiempo le repugnaba, pero no deseaba entenderlo. Le resultó mucho más fácil aceptar mi trastorno que comprenderlo. Era capaz de asimilar mi anorexia, posiblemente porque había recibido mucha más información sobre ella. Él era mucho más racional que yo, menos afectivo. Si se encontraba 169

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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