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Y cuando la crisis regresa, el primer impulso es volver a acudir a esos remedios. Siempre. Una y otra vez. Pero insisto, no soluciona nada. Si quemarse o corlarse sirviera de algo, con cortarnos una vez, aunque mera hasta el hueso, estaríamos vacunadas. No son más que atajos que llevan al sitio equivocado. Además, aunque no queramos verlo, ni siquiera pensarlo, el riesgo de muerte es muy real. Es frecuente desmayarse tras un corte (a mí me ha pasado en muchas ocasiones), y si no despiertas a tiempo, o te encuentras demasiado débil, lo más probable es que mueras desangrada. Incluso aunque no mueras, hay otro tipo de posibilidades: anemia, colapsos, y todo tipo de dolencias que aparecen cuando el cuerpo se queda sin sangre. Si en lugar de cortarte eres aficionada a quemarte, puedes desarrollar resistencia a la cicatrización, y encontrarte con quemaduras abiertas, y dolorosas durante años. Créeme, no es nada agradable. Duele. Y habíamos quedado en que lo que no queríamos es sufrir. Cualquier cosa antes que sufrir. La mayor parte de nosotras hemos sentido tentaciones de suicidarnos en los momentos de intensa tensión. Esos momentos en los que las heridas arden, y no deseamos hacernos más, pero la vida resulta tan insoportable que lo único que ansiamos es que alguien pare ese sufrimiento. Esos pensamientos no demuestran que estés loca, no indican que necesiten internarte, o que quieras herir a los demás. Sencillamente, el dolor es mucho mayor que tus medios para controlarlo. Y en determinado momento sientes que no pue163

Cuando comer es un infierno  

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