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He conocido a más de veinte personas que hacen, o hacían, lo mismo que yo. De alguna manera, parece que nos atraemos entre nosotros. El único chico era americano, aunque vivía en Londres desde hacía dos años. Llevaba el pelo largo, y le gustaba la estética de las bandas heavys, pero cuando se le trataba se revelaba inmediatamente como un hombre dulce e inseguro, mucho más tímido de lo que parecía. Solía cortarse en los antebrazos, cortes pequeños y muy profundos, e intentaba crear un dibujo, una especie de signo japonés. Me contó que había vivido con un padrastro muy violento, y que había comenzado a cortarse a los siete años de edad. La automutilación, como la anorexia, tiene siempre que ver con el dolor y la manera de expresarlo. Cuando el dolor o la angustia resultan demasiado intensos, una persona hace cualquier cosa, cualquiera, con tal de que se vayan. Eso incluye matarse de hambre. Eso incluye un comportamiento sexual sin precauciones. Eso incluye vomitar. Eso incluye consumir drogas, o beber. Eso incluye cortarse o quemarse. El problema está en que esas soluciones sólo aportan remedios temporales. Y que resultan adictivas, porque todas ellas proporcionan un alivio rápido y momentáneo. Sí, incluso el cortarse: el cuerpo segrega una serie de opiáceos para compensar el dolor, y esas sustancias funcionan básicamente como una droga, como un calmante intenso. Los romanos lo sabían muy bien cuando eligieron cortarse las venas como la forma más dulce de morir. A los esclavos los ahorcaban, pero los nobles preferían otras maneras menos rudas. 162

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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