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Desde hace casi ocho años llevo una vida absolutamente normal. No he sufrido recaídas importantes, aunque sí algunas situaciones en las que comí más de lo normal y me vi tentada a vomitar. Una de ellas fue la muerte de un pariente cercano, que me dejó devastada. Durante dos días, en lugar de llorar comí. Otra, la salida dé la universidad, la consecución de mi primer trabajo y la marcha de casa de mis padres en muy poco tiempo. No llegué a atracarme, pero durante las primeras semanas me alimenté con comida basura y chucherías. El tercer momento crítico se dio durante un breve viaje a Estados Unidos, en el que debía defender uno de mis proyectos, y que estuvo plagado de dificultades, zancadillas y soledad, Nuevamente me atraqué y vomité en varias ocasiones durante tres días. He sido capaz de controlar estos momentos, porque he asumido que la comida no es el problema, sino un síntoma. Algo va mal, y mi manera casi inconsciente de reaccionar es premiarme y refugiarme en la comida. Después de siete años de dolencia he aprendido que no sirve para nada, y que el único modo de solventar ese problema es enfrentarme a él. Mi gran punto flaco son las emociones. No soporto sentir dolor, y mi resistencia a la frustración es muy baja. Con tal de que los acontecimientos a mi alrededor no me dolieran, inventé una tortura constante que me distrajera de la realidad. Sigo sufriendo y siendo hipersensible, y he de protegerme ante las críticas, porque sé lo mucho que me afectan, pero a cambio he aprendido a canalizar esa misma sensibilidad y a hacerla más profunda. 154

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia