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No existe una medicación infalible para esta dolencia. El tratamiento dura varios años, exige la colaboración de expertos en nutrición, médicos y psicólogos, la involucración de la enferma y la familia; y aun así, una parte significativa de las chicas no se recupera. Una vez que este trastorno alimenticio se ha manifestado en una familia, la vida cambia. Ha de cambiar. La enfermedad no puede enterrarse y olvidarse cuando se han dominado los impulsos de atracarse o vomitar. Exige un reaprendizaje, un esfuerzo conjunto, un nuevo planteamiento de vida. Y no siempre se poseen los medios, las fuerzas o el conocimiento como para hacerlo. La prevención es por lo tanto el único medio efectivo para evitar la enfermedad. Todas las chicas que han hablado conmigo, todas las que han accedido a revelar su testimonio, han insistido en su ignorancia: no conocían la bulimia, no sabían de sus riesgos, no se dieron cuenta de que estaban enfermas. Si se les hubiera advertido, si se les hubiera arropado. Si pudieran cambiar un momento en su vida, ése hubiera sido el del comienzo de la enfermedad. Como tantas otras mujeres, he vivido de manera cercana los trastornos alimenticios: como tantas otras, he sufrido la presión de la apariencia, la exigencia de ser hermosa y mantenerme delgada. Durante años no he comentado con nadie mis dificultades, ni he recibido confidencias de nadie que se reconociera enfermo. Hasta que terminé la universidad no conocí a nadie en quien pudiera reconocer una bulimia, y hasta hace unos meses, nadie me confesó que la sufría. 19

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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