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tendría esas tendencias, y que era posible luchar contra ellas. De modo que cada vez que sufría una recaída, y comía demasiado, no lo daba todo por perdido. Al día siguiente sería posible continuar con la cabeza alta. Un desliz no era el fin del mundo. Mi capacidad para detectar mensajes manipuladores en la televisión y la publicidad aumentó, y me acostumbré a desdeñar ese chantaje emocional, y a reconocer las imágenes modificadas por ordenador, o a desechar las situaciones improbables. Casi en cada capítulo de cualquier serie era posible ver a mujeres consolándose de las penas mientras se atiborraban de helado o tarta de chocolate, sin que engordaran jamás. Antes, cuando fumar era una provocación, se libraban de las frustraciones exhalando humo. Ahora que la presión hacia los fumadores había aumentado, nos mostraban a comedoras compulsivas. A lo largo de todo ese curso, y hasta que cumplí los veintidós años, las cosas regresaron progresivamente a su lugar, y no sé exactamente cuándo dejé de preocuparme por la comida y por mi peso a diario. De vez en cuando la obsesión regresaba, pero nunca con la intensidad ni la duración anterior. Tenía cosas más importantes de las que ocuparme, una carrera, reconstruir la relación con mi familia, unos amigos, una relación afectiva. Entonces, sin grandes entusiasmos, cautelosamente, me consideré curada. El trastorno había durado siete años, me había robado siete años de mi vida. Un maleficio de

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Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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