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El proceso no debía ir tan mal, porque uno de mis amigos se me declaró, y recibí un par de propuestas más. Sentía mucho miedo a involucrarme en una relación, y a tirar todo lo que había conseguido por la borda si él me abandonaba, o si discutíamos, pero decidí intentarlo: no era un chico especialmente guapo, lo que rompía la tendencia de mis relaciones anteriores, pero nos llevábamos estupendamente, y realmente se esmeraba en tratarme bien, lo que tampoco era frecuente en el pasado. Aún sentía enormes dificultades para expresar mis sentimientos. Era incapaz de decirle a alguien que le quería, aunque se lo hiciera saber por mis actos, o a través de otras personas. No encontraba valor para indignarme y mostrarme enfadada: aún me asustaba la desaprobación de los otros. Yo había descubierto que existía un nexo muy cercano entre los sentimientos que no manifestaba y mi manera de comer. Comía para consolarme, pero también cuando estaba enfadada y no lo demostraba, cuando hubiera deseado expresar mis puntos de vista y me habían avasallado. Deduje que si lograba la confianza suficiente como para opinar de manera sincera, o para reconocer que no sabía riada del tema, o para callar y no acaparar la conversación, habría avanzado otro paso. No me consideré curada únicamente por haber dejado de vomitar y atracarme: sabía que no bastaba con eliminar el síntoma, que debía aprender maneras nuevas de enfrentarme a los conflictos, y que, efectivamente, sería un camino largo. Sabía que durante cierto tiempo, o quizás toda mi vida, 149

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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