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por mi aspecto, y el colegio en el que trabajaba no daba la menor importancia a que se fuera o no atractiva. Me atraqué de comida dos veces, y las dos veces vomité, pero mientras lo hacía no me desesperaba, no ocultaba el problema, sino que pensaba en cómo solucionarlo. Comer ya no me servía de pantalla, y hacerlo de ese modo me parecía una tontería. Me sentía sola, me hubiera gustado dar un par de bofetones a una de las niñas, pero eso era todo. Sabía que al final del verano aquello terminaría, y yo recibiría un sueldo y habría tenido una experiencia interesante que incluir en mi curriculum. Había aprendido a no dejarme llevar por las emociones inmediatas y a pensar en las recompensas a largo plazo. Por primera vez desde que tenía dieciséis años el verano finalizó y yo no me sentí fracasada. No me había propuesto adelgazar, y por tanto no había incumplido ningún propósito. Me despojé de toda la ropa negra que detestaba, y compré algunas faldas cortas de colores, dispuesta a enfrentarme y a aceptar la parte de mi cuerpo que más odiaba: mis piernas. Las primeras veces que salí con la ropa nueva a la calle evitaba los espejos y procuraba moverme lo menos posible. Luego descubrí que, la verdad, mis piernas no eran tan feas, y aunque continuaba sintiéndome incómoda si me observaban e incapaz de mirarme en un espejo de cuerpo entero, acepté que podría resultar atractiva para algunas personas.

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Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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