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cheras del año anterior me habían asustado. Sabía por un manual que muchas bulímicas eran parcialmente alcohólicas. Además, de vez en cuando salía a dar un paseo largo, con mis padres o con alguna amiga: me gustaba más que hacer ejercicio en el gimnasio, y me ayudaba a despejar la mente. Del mismo modo que se había producido un efecto dominó cuando las cosas habían comenzado a empeorar, y todo se había visto implicado y se había desmoronado, cuando tomé esas decisiones el resto de mi vida se vio alterado: me sorprendí sintiendo más interés por los estudios, y con mayor capacidad de concentración. Aunque seguía siendo perezosa para estudiar, ya no posponía las cosas de aquella manera, y los exámenes me daban menos miedo. Nunca logré que mis padres me creyeran de nuevo cuando les decía que había estudiado, y tuve que presentarles los certificados de las notas para que se convencieran de que realmente había aprobado, pero tuve que reconocer que me había ganado a pulso aquellas sospechas. Eliminé tantas preocupaciones con este comportamiento, que me resultó más sencillo dormir, y las pesadillas desaparecieron casi por completo. Me enfrentaba a las situaciones conflictívas con más calma, y me notaba menos estresada. Ese verano me arriesgué a pasar nuevamente el verano en el extranjero, y regresé a Irlanda, pero no ya como estudiante, sino como monitora. Por primera vez me detuve a pensar si realmente me convenía aquella estancia, en lugar de

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Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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