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Extrañamente, parecía que si me permitía a mí misma consumir los alimentos prohibidos, es decir, aquellos con los que me atracaba, perdía el interés por ellos. ¿Qué mérito había en devorar algo a lo que tenía acceso siempre que quisiera? Cada uno de aquellos pasitos me llenaban de alegría, y de orgullo por mí misma. La primera vez que rechacé una porción de pastel porque no tenía ganas, y no por quedar bien, estuve a punto de llorar de alegría. Había vuelto a sentir hambre y saciedad, y había aprendido a hacer caso a esas señales. Me di cuenta de que cuando me aburría comía más: había convertido la comida en el modo de llenar esos espacios vacíos, y cuando me detuve a analizar la situación con más interés, descubrí que no tenía una sola afición. No había heredado ninguna de mis padres, y todo lo que hacía, las clases de la universidad, las que yo daba, el gimnasio, estudiar idiomas y hacer los deberes, eran obligaciones. Durante algunos días me dije que no tenía tiempo, sabiendo que era una excusa: en mis fines de semana, exceptuando los ratos con mis amigos, no me quedaba nada que hacer. Decidí invertir un poco de dinero en óleos y telas, y me apunté los sábados por la mañana a clases de pintura. Las dos horas de la lección pasaban como un soplo, y tenía una ocupación interesante y que me absorbía por completo para el resto del fin de semana. Había decidido no salir demasiado, porque casi todos los encuentros con mis amigos ofrecían ocasiones para comer y para beber, y las dos borra145

Cuando comer es un infierno  
Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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