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ver cómo recuperaba la cercanía y la confianza en mi madre, que era al fin y al cabo quien se encargaba de alimentarme. Me había mantenido sana y en forma durante catorce años de mi vida. ¿Por qué no había pensado en eso antes? A cambio, mi madre dejó de controlar las porciones que me servía, y como yo procuraba sentarme a la mesa siempre acompañada por alguien, recuperé el placer de comer como acto social. Ya no tragaba a escondidas, o de pie, o caminando por la calle. Ya no hacía falta, y para colmo, me sentaba mal. Cuanto más se normalizó mi alimentación, y cuanto menos pensaba en qué iba a comer ese día (delegaba esa responsabilidad en mi madre) menos impulsos de vomitar tenía, y menos razones para atracarme. Los problemas de los dos primeros meses por mantener la comida en el estómago remitieron poco a poco, y al cuarto mes era extraño que vomitara. Continuaba con mucho miedo a engordar, pero lo cierto es que no había aumentado de peso, que mi piel y mi aliento habían mejorado, y que sentía mucha más energía. Enseguida fui capaz de reconocer los alimentos que me sentaban mal, y admitir que no debía tomarlos. La mantequilla, por ejemplo, la nata, un exceso de frutos secos, cualquier alimento aceitoso, y el alcohol, aunque fuera emborrachando un pastel. Hice un esfuerzo por incorporar más verdura, y no tantos hidratos de carbono, y para mi sorpresa descubrí que no me gustaba tanto el chocolate como creía. Lo cierto es que me dejaba un gusto arenoso en la boca, y acidez en el estómago. 144

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia