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Por ejemplo, como modo de reconciliarme con mi cuerpo, me apunté a un gimnasio para hacer un poco de ejercicio, después de años de haberlo evitado. A propósito acudí a un centro en el que nadie hacía alardes de caros conjuntos deportivos o cuerpos perfectos. No necesitaba más estímulos para competir o para sentirme mal. Era torpe y lenta, y nunca podré decir que me gusta el ejercicio, pero mi cuerpo aprendió a moverse de nuevo, a sentir la sangre bombeando y yo aprendí a considerarlo no un estorbo, sino un medio. Dejé de pesarme. No extraía el menor placer de ello, e incluso cuando había adelgazado, esa idea y la obsesión por no recuperar esos gramos no me abandonaba en todo el día. Por la ropa sabía que oscilaba ligeramente de peso, pero aunque la tentación fuera grande, decidí ser algo más que una masa de kilos. Continuaba teniendo problemas para evitar los vómitos. A menudo lo lograba, pero sólo a fuerza de regurgitar y masticar durante horas la comida, y eso no me dejaba satisfecha. Decidí, no sé muy bien en base a qué asociaciones, dejar de hacer dieta. Al fin y al cabo, ¿qué clase de dieta era aquélla, restricciones por un lado, abusos por el otro? Un cálculo no muy elaborado me permitía saber que aunque comiera unas raciones normales no iba a exceder el número de calorías que ingería en un atracón. Abandonar la dieta y comer de nuevo los platos que se presentaban en la mesa supuso un antes y un después. Mis padres, que hasta entonces se habían mostrado recelosos, se relajaron, y yo pude

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Cuando comer es un infierno  
Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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