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está bien, vomitaría porque había comido demasiado pan al mediodía, pero a cambio me lavaría el pelo con crema hidratante y me dedicaría a peinarlo durante un buen rato antes de irme a la cama. Al principio no encontraba las fuerzas suficientes como para cumplir mis promesas. Sencillamente, estaba demasiado cansada, o me despreciaba demasiado. Pero aprendí a recordar que ya no era una niña, que era responsable de mí misma, y que no quería estar enferma el resto de mi vida. Si hubiera encontrado un psiquiatra que siguiera la línea cognitivo-conductual, me hubiera resultado mucho más fácil: hubiéramos desarrollado juntos estrategias prácticas que me habrían permitido enfrentarme a esos momentos de tensión en los que necesitaba atracarme o vomitar. O si, aún mejor, hubiera tenido a mi alcance un centro de día para trastornos alimenticios, me hubieran enseñado técnicas para liberar el miedo, hubieran reconducido mis hábitos alimenticios y tratado mis problemas psicológicos. Hubieran incluido terapias de grupo, de modo que no me hubiera sentido tan sola, de relajación, quizás con musicoterapia, y me hubieran apoyado. Yo entonces ni siquiera sospechaba la existencia de estos centros de recuperación: no existían tantos como ahora, por muy escasos que puedan parecer a quienes sufren estos problemas. Cuando ahora echo una ojeada a los programas de recuperación de los hospitales y los centros privados me reconforta descubrir que intuitivamente seguí los pasos que ellos mismos recomiendan. 142

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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