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Sin embargo, yo no tuve esa suerte. Desorientada, sintiendo el rechazo o la incomprensión de los médicos, avergonzada por mi comportamiento y con casi seis años a mis espaldas de obsesión por el aspecto físico, la comida y la liberación de esa comida, creía que no tenía muchas posibilidades de recuperación. Sabía que la enfermedad podía haberse cronificado, y que corría el riesgo de vivir así toda mi vida, pero aun así pensé que tenía que existir algún medio para atenuar el dolor y el sufrimiento y adquirir una calidad de vida razonable. De modo que me olvidé un poco del aspecto meramente estético y comencé a preocuparme por mi salud. Me propuse no vomitar, comiera lo que comiera. No vomitaría, y no picaría entre horas. Me resultó mucho más fácil no saltarme la rutina de tres comidas principales que no devolver. La sensación de estómago lleno me resultaba insoportable, y me asaltaban las ideas más angustiosas: engordaría, echaría todo a perder, prefería morirme de un infarto que estar gorda... Los dos primeros meses fueron de una lucha constante, y aun así, vomitaba casi la mitad de las veces. Me esforcé en no verlo como un fracaso: pensé en qué ocurriría si uno de mis alumnos cometiera un fallo similar, y cómo lo afrontaría yo. No sacaría nada anillándole y aterrorizándole, y amenazándole con matarle de hambre para compensar. Muy poco a poco fui capaz de sentir compasión por mí misma, y de tratarme con cariño. Ya que yo era la que imponía las normas, no tenía sentido creerse una víctima, y aprendí a pactar conmigo misma:

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Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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