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trar trabas en las relaciones entre ellos, e incapacidad para expresar los sentimientos. En muchos casos, los problemas no se dan únicamente en la muchacha, y es toda la familia la que tiene que cambiar. En un caso así no basta con que los síntomas desaparezcan. La tendencia permanece. Mi familia se sintió tan aliviada cuando dejé de atracarme y de vomitar que consideró que el caso estaba cerrado. No cambiaron sus relaciones entre ellos, ni variaron su conducta. No supieron cómo, y no fueron capaces de ello. Hicieron siempre las cosas como creían que era lo correcto, y sería absolutamente injusto por mi parte el juzgarles o culparles. Pero de esa manera dificultaron mi camino y mi recuperación fue mucho más lenta y dura, porque tuve que llevarla en solitario, y porque debía enfrentarme a una situación familiar no resuelta. Me gustaría también pensar que la conciencia de que la enfermedad está tan extendida que animara a mis amigas a prestarme la ayuda adecuada. Eso supondría que ellas mismas no estarían absorbidas por dietas y por la atención a su cuerpo, o que sabrían ver por encima de eso que mi comportamiento no era el normal: y habrían hablado con mis padres, por mi propio bien, sin temor a que yo me enfadara o a que ellos no prestaran atención. Yo me mostraba mucho más abierta y expansiva con ellas, y les habría resultado más fácil que a mi familia detectar un patrón de conducta. Con eso tal vez me hubiera ahorrado meses o años de sufrimiento. 140

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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