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ningún momento me hubieran ayudado ni alentado para hacer una dieta. Me gusta imaginarme la confrontación a la que, antes o después, tendrían que someterme. En ella mis padres se mostrarían firmes y unidos, con un único criterio. No me juzgarían ni serían irónicos, no me obligarían a confesar que les había mentido con anterioridad y que les estaba ocultando la realidad, sino que hablarían de lo que temían, y me expondrían ejemplos evidentes de que mi comportamiento no es normal. Y me propondrían buscar una solución, que pasaría no únicamente por un tratamiento psicológico, sino por una variedad de puntos que tendríamos que afrontar. La aparición de un trastorno alimenticio en una familia puede alterar totalmente y para siempre las relaciones que se habían creado entre sus miembros. A veces, los padres y los hermanos sólo perciben el problema de la paciente, pero hay que tener en cuenta que por lo general la hija enferma está mostrando de una manera evidente los conflictos, no siempre obvios, que hay en la familia. Tampoco es justo ni realista culpar en exclusiva a la familia de la bulimia de esa chica. Por muy desastroso que sea el ambiente en casa, todos los expertos están de acuerdo en que para que se dé un trastorno alimenticio tienen que ocurrir una serie de circunstancias, influencias externas e internas; no aparece por una sola causa. Si se aborda de un modo constructivo, la terapia de la hija puede ayudar también a sanar los problemas de la familia. No es infrecuente encon-

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Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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