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alimento. ¿Cuál sería la reacción del público si yo confesaba mis atracones, mis vómitos, mi desesperación por encontrar cualquier alimento? No escuché a nadie hablar de las lesiones que dejaba la anorexia: toda la información se basaba en el documento viviente y esquelético que tenían ante sus ojos. Se sabía que adelgazaban y se sabía que podían morir, pero nadie hablaba de las lesiones crónicas. Con mayor razón yo aún no tenía idea de los riesgos a los que me estaba sometiendo: aparte de las molestias que había sufrido, podía producirse un desgarro del esófago o la pared estomacal, que podría causarme la muerte, tener hemorragias internas, alteraciones menstruales. Mis niveles de sodio y potasio podían desequilibrarse, y eso no sólo causaría las palpitaciones que me asustaban, sino también calambres e infartos. El estreñimiento crónico podría desgarrar el colon, el exceso de agua para provocar el vómito o para sentirme llena me podía causar edemas e hinchazón de piernas, trastornos en los riñones y una intoxicación parecida a la etílica que podría haberme dejado en coma. Y, efectivamente, podría haber llegado a suicidarme. Un alto porcentaje de enfermas lo lograban. No sabía nada de esto, nadie me lo dijo, y menos aún tan claramente: de haberlo sabido, posiblemente hubiera tomado conciencia de la gravedad de mi situación, y no haberlo achacado a mi debilidad, a mi hipersensibilidad adolescente o a mi imaginación. Descubrí los riesgos a los que me había sometido cuando ya había superado la enfermedad, y cuando lo supe, me eché a llorar. No sólo por mí, 137

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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