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¿A quién podría pedir cuentas? ¿A quién podría reclamar por aquel tiempo perdido? ¿Al sistema educativo, que no supo prevenirlo; al sanitario, que no supo tratarlo? Las razones eran tantas, tan variados los responsables que al final nadie podía responder de nada. Aquella furia era un buen síntoma. Al menos ahora me permitía sentir algo, y me creía lo suficientemente importante como para expresar mi opinión. Comenzaba a sentir que no era un ser repulsivo y culpable, y ya no me negaba a aceptar la responsabilidad en mi vida. Estaba en el camino adecuado para recuperarme. Coincidiendo con mi nueva actitud, los programas de televisión descubrieron un nuevo filón con el que escandalizarse de la juventud: las anoréxicas. Docenas de familias y de enfermas desfilaron por los programas de tertulias y de testimonios, y contaron sus experiencias. Todos se apenaban mucho y culpaban a la sociedad. Luego, a la moda. Luego, a los tallajes pequeños. Casi siempre se apuntaba a que la niña se había obsesionado, cosas de cría, y que se había causado su propia perdición. Con muy rara frecuencia aparecía una bulímica: se mencionaba el trastorno, pero casi siempre cuando había seguido a una anorexia. Yo, y las mujeres que padecían mi enfermedad, continuábamos siendo invisibles. Era fácil identificarse con el sufrimiento del que ellas hablaban y con el infierno por el que habían hecho atravesar a sus padres, pero no era yo, no era mi experiencia. No había nada de vergonzoso a los ojos de la sociedad en privarse de 136

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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