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ignorando los peligros: en una ocasión intentaron atracarme, y golpeé al tipo que me amenazaba y me escapé. Me gustaba que me consideraran valiente, y me gustaba también que alabaran, lo sufrida que era: nunca me había quejado por una enfermedad, soportaba análisis y pinchazos sin un lamento, e incluso me había sometido, cuando tenía quince años, a una operación grave y general únicamente con anestesia local, para así poder colaborar más con el médico. Mis padres lo veían como un triunfo, y yo prefería sufrir físicamente a incurrir en la debilidad de quejarme. Como era mi costumbre, consideré la terapia como un fracaso más, y no me propuse buscar ninguna otra opción, porque juzgué que también fallaría. Sin embargo, en el año en que había acudido a la psiquiatra me había hecho más consciente de mí misma, mucho más responsable y madura, y había llegado a la conclusión de que algo que había iniciado yo, sería yo también capaz de sanarlo. Hubo algunos momentos terribles, momentos en los que la depresión me hizo tocar fondo de nuevo, pero había aprendido a pedir ayuda, a encerrarme en mi habitación con música, sí, pero también a alertar a mi madre de lo mal que me sentía. Solía ocurrirme los fines de semana, en los que lo absurdo de mi vida se hacía más evidente porque no tenía ninguna rutina ni obligación a la que atender. Un domingo por la tarde me sentí tan mal que pedí que me llevaran al médico. Me atendió un doctor de guardia, con muy pocas ganas de em134

Cuando comer es un infierno  
Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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