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Yo continuaba vomitando, más cuando las cosas iban maí o había momentos de tensión, y menos cuando me serenaba, y mis comportamientos de bulímica no habían variado. Lo que le contaba a la psiquiatra se lo había contado en muchas ocasiones a mis amigas e incluso a mis padres, de modo que no sabía para qué servía contarlo de nuevo. Al cabo de un año de tratamiento, decidí dejarlo, con la aprobación de mis padres. Ninguno de nosotros veíamos resultados. Ahora sé que me equivoqué, y que la terapia psicoanalítica resulta útil como refuerzo en una terapia dirigida a los trastornos alimenticios, pero que no puede ser la base de una recuperación. Si al menos hubiera hablado de cómo me sentía, eso me hubiera ayudado a romper parte de los bloqueos emocionales en los que me encerraba. Pero lo único que hacía era narrar hechos, y dejar que ella juzgara mis emociones, como había hecho siempre con mi familia y con mis amigos. Describía una situación claramente injusta hacia mí, y en lugar de incluir mi impotencia y mi tristeza dejaba que se compadecieran de mí. A la psiquiatra no pudo escapársele la cantidad de veces qué incluía términos despectivos hacia mí y mi capacidad, y los propósitos de enmienda radicales con los que intentaba equilibrar la situación. Tengo que, debo, no puedo seguir así. A mí, en cambio, me costó años detectarlos. Me llevó también mucho tiempo reconocer que sentía miedo. Nadie me había considerado nunca asustadiza, porque a veces cometía auténticas imprudencias 133

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia