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Decidimos establecer una sesión a la semana, en la que yo le comenzaría hablando de lo que quisiera, primero por diez minutos, luego por veinte. Me recibía y me despedía con absoluta impasibilidad, y en ningún momento de la terapia mostraba un cambio de actitud. Me sentía muy desconcertada, quizás porque había esperado una serie de soluciones, o de explicaciones de mi conducta, y lo que encontraba era que se me permitía hablar de mi vida sin intercalar una palabra. La psiquiatra no tomaba notas, y yo no tenía modo alguno de saber si recordaba o hilaba mi anterior narración con la presente, de modo que desconfiaba y no me parecía estar recibiendo una atención adecuada. Pese a todo, deseaba tanto curarme que insistí en el tratamiento, y leí todo lo que cayó en mis manos sobre psiquiatría. Como al parecer, toda la clave estaba en el pasado y en mi infancia, hablé de mis primeros recuerdos, de la sensación de masticar lana que me invadía de vez en cuando, de la etapa anterior a caer enferma. Yo creía que de esa manera a la psiquiatra no le quedaría más remedio que admitir que mis padres eran los culpables, que su relación conmigo me había llevado a aquello. Estaba resentida con ellos por su severidad, y por su impaciencia en ver resultados desde la primera sesión de la terapia, y deseaba saberlos implicados. La psiquiatra callaba, y yo probé por otro lado: entonces, mi desesperación debía originarse por mi poco éxito con los chicos. Le hablé de ellos, de mis romances idealizados y de los reales, del daño que me habían hecho y de lo egoístas que eran. Ella no se inmutaba. 132

Cuando comer es un infierno  

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