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que yo estaba enferma. Era obvio que se sentía incómoda pidiendo ayuda en ese campo, y que quería aferrarse a que mi situación no revestía gravedad. —No tiene fuerza de voluntad para nada —se quejó, justo antes de salir—. Ni para estudiar, ni para adelgazar, ni para alejarse de la comida, ni para dejar de sentirse deprimida. —Una persona no está enferma por falta de voluntad —contestó el médico, y en los últimos cuatro años aquellas fueron las primeras palabras que realmente me animaban—. Una persona no es alcohólica por falta de voluntad, ni se deprime por falta de voluntad. Cuando alguien está tan deprimido como lo está tu hija, hace falta precisamente mucha falta de voluntad para continuar vivo. Yo nunca les había comentado a mis padres que la idea del suicidio había rondado mi mente muy a menudo en los últimos meses. Muchas veces no era más que un deseo inconcreto de finalizar, de descansar sin tortura, pues únicamente encontraba paz en los momentos en los que comía. Otras veces me asustaba, y pensaba que terminaría así, y que eso destrozaría a mi familia, y que aun así no podría evitarlo, y que mi vida sería, de principio a fin, un rotundo fracaso. En aquel médico encontré la comprensión y la definición exacta de lo que sentía, y eso me animó. La primera vez que acudí al psiquiatra no podía haber estado más predispuesta a favor de un tratamiento. Habíamos escogido una profesional muy reconocida, que seguía principios psicoanalíticos, y que me acogió sin querer definir tampoco mi problema.

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Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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