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no hicieron el menor comentario sobre mi excelente aspecto ni mi diploma. Cuando llegamos a casa, me contaron que habían descubierto todas mis mentiras. Todas ellas. Que estaba repitiendo curso, que mis notas de aquel año habían sido desastrosas, que hacía dos cursos que no asistía a la academia, que me había quedado el dinero, que les había mentido todos los días y sin el menor remordimiento. Sentí una vergüenza inmensa, pero no negué nada. Ahora que sabían todo, sólo tenía ganas de dormir y que las cosas pasaran por encima de mí, librarme del problema, de su enfado, de su dolor, y despertar cuando todo ello hubiera acabado. Poco a poco me invadió cierta sensación de alivio, de no tener que ocultar más cosas, de estar desnuda y expuesta ante ellos y volver a ser pequeña de nuevo. No me riñeron, ni me castigaron: obviamente mi padre estaba muy enfadado, pero no lo demostró, y mi madre se tragó la decepción como pudo. Me exigieron que estudiara y fuera capaz al menos de permanecer en la universidad, y se propusieron controlar que realmente cumplía con mi palabra. Yo no estaba dispuesta a asumir ninguna responsabilidad. Una cosa era reconocer mis fracasos, y otra ponerles remedio. Me debatí y les engañé todo lo posible, pero ellos habían preparado su estrategia durante mi estancia en el extranjero, y me forzaron a estudiar. Yo me evadía con frecuencia, soñaba con el chico de Irlanda, sus llamadas y sus cartas, y de vez en cuando pasaba revista a los 127

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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