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rante el tiempo en que duró mi enfermedad fui incapaz de relacionar causas y efectos, como si parte de mi cerebro se hubiera paralizado. En febrero suspendí de nuevo, y los resultados de junio me aseguraron que si no aprobaba parte de las asignaturas en septiembre me expulsarían de la universidad. De nuevo mentí a mis padres, les aseguré que había suspendido únicamente dos, y ellos, que se iban acostumbrando a que mis resultados académicos brillantes fueran cosas del pasado, no dijeron nada y accedieron a enviarme de nuevo a Irlanda durante el verano. Un mes antes del viaje, antes incluso de recibir unas notas que yo sabía que iban a ser catastróficas, regresé borracha a casa. No había bebido demasiado, pero justo antes de mis dos whiskys acababa de vomitar, y el alcohol pasó directamente a la sangre. No había vuelto tarde a casa, porque mis padres eran aún estrictos con las horas de llegada, y mucho más en época de exámenes; saludé, y me marché a mi habitación. Allí comencé a llorar, y a lamentarme, y mis padres me descubrieron casi inconsciente, gimiendo que quería morirme y que nadie me apreciaba. No recuerdo nada de esa borrachera, salvo que jamás me había ocurrido antes, porque nunca había sido aficionada a beber, aunque lo fingía para presumir ante mis amigos. Mis padres intentaban razonar conmigo, pero yo sólo decía que quería terminar de una vez y que mi vida no merecía la pena. Cuando desperté sin resaca y con mucho miedo al día siguiente, mi madre me preguntó qué razones 124

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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