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co, o masticar un chicle, porque la saliva neutraliza el ácido. Mis dientes perdieron toda posibilidad de tener un color bonito, y fueron sensibles en adelante, pero no me falta ninguno. Tuve mucha suerte. En una ocasión, una venita reventó en mi ojo derecho, y durante una semana cada vez que me miraba en el espejo me preguntaba si alguna vez sanaría y volvería a su tranquilizador color blanco. No recuerdo que fuera inmediatamente después de haber vomitado, pero una de las características más frecuentes que permiten identificar a una bulímica es la ruptura de los capilares en los ojos, debido al esfuerzo. Cada vez que mi corazón se desbocaba, se iniciaba al mismo tiempo un acceso de angustia. Creía que había desarrollado una enfermedad cardiaca, que estaba muy enferma. Comencé a controlar mi tensión, y me convertí en una hipocondriaca. Me juraba que me cuidaría en adelante, si se me concedía una nueva oportunidad. Me maldecía por no haber sido capaz de apreciar mi suerte y mi salud y haber sido lo suficientemente estúpida como para arruinarla. Imaginaba que todo se debía a que apenas tomaba verduras, y a mis costumbres con la comida, pero prefería sufrir, o incluso morirme, antes que reconocer mi enfermedad o dejar de vomitar para no engordar. A veces he pensado cómo no se me pudo ocurrir que si mis padres no estaban gruesos comiendo y cenando todos los días era porque llevaban una dieta equilibrada, y que por consiguiente no había muchas posibilidades de que yo engordara. Du123

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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