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fuerte que resultara atractiva. Y entendí también que aunque yo era especialmente sensible a las opiniones ajenas, resultaba casi imposible librarse de esa presión continua sobre el aspecto físico, sobre la belleza. Eso me ayudó a sentirme menos débil y menos culpable, y, sobre todo, me enseñó a reconocer y a rechazar esos mensajes. Por supuesto, eso no ocurrió de la noche a la mañana. Me encontraba demasiado sumida en ese ambiente, y en una edad aún muy vulnerable. Pero el proceso se inició entonces, y cada vez despreciaba con mayor seguridad las exigencias imposibles de esa sociedad. Hasta entonces, mi salud había soportado todos los abusos de mí cuerpo sin resentirse: ni siquiera sufría de acidez de estómago. De un día para otro comenzaron los problemas. Inmediatamente después de vomitar me sentía mareada, y necesitaba beber agua. Se me hinchaban las manos y, a veces, también las piernas. Comencé a sentir palpitaciones, y el corazón se me aceleraba no únicamente tras devolver, que era algo a lo que ya me había acostumbrado, sino también durante los atracones, o sin ningún motivo, mientras caminaba o estaba sentada en clase. Sentía que no podía controlar mi cuerpo ni sus reacciones, y que algo que hasta entonces no había dado problemas se añadía a la interminable lista. A lo largo de los cuatro años que llevaba vomitando y atracándome había creído cuidar de mis dientes: era consciente de que comía mucho dulce, y de que a veces me acostaba sin haberme cepillado 121

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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