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su displicencia por la irracionalidad e histeria femeninas en «esos días». Cualquier acceso de malhumor o de furia era disculpado con la frase paternal y llena de sobrentendidos «estará con la regla». No parecía existir ninguna posibilidad de que los anuncios de compresas y tampones reflejaran mínimamente la realidad. Las preciosas chicas que aparecían en ellos se mostraban orgullosísimas de ser mujeres, como si la regla realzara su femineidad, no les aquejaba ningún dolor, molestia o hinchazón, sus novios no se quejaban porque esos días las relaciones sexuales se dificultaban o desaparecían, y llevaban vidas interesantes, con muchas horas para el ocio, que no se veían interrumpidas por sus cuerpos. O, sencillamente, se negaba su existencia. Un anuncio para una famosa marca insistió durante varias temporadas en que no pasaba nada. Por supuesto que pasaba: las mujeres tenían la regla. De todos modos, daba igual qué técnica se empleara. Aún está por aparecer el anuncio relacionado con la regla que no despierte críticas, risas, parodias o comentarios despectivos. El cuerpo de la mujer, si no está idealizado, desodorizado, limpio y sano, no merece el menor respeto. Según me hacía más consciente de esos mensajes que yo misma había recibido a lo largo de toda mi niñez y mi adolescencia a través de cualquier rendija del interior, me resultó más sencillo comprender por qué sentía esa necesidad imperiosa de agradar a los chicos, de tener novio. No había recibido ni una sola imagen de una mujer soltera y

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