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Nadie pensaba en que el hecho de llegar a la edad biológica fértil y de poseer un cuerpo capaz de entablar relaciones sexuales no implicaba que mentalmente se estuviera preparado para ello. En ningún lugar se mencionaba que esas relaciones fueran algo más o algo distinto al coito: no se mencionaba la posibilidad de la masturbación como manera de exploración, ni los placeres que podían extraerse de una relación sin penetración. Nuevamente, el asunto del sexo se observaba desde el punto de vista masculino, que tradicionalmente necesitaba la penetración y el orgasmo para quedar satisfecho. En ningún caso se potenciaba el entendimiento entre sexos, o la comprensión de las necesidades de los chicos, o la manera de exigir comprensión para las propias. La información sobre anticonceptivos o enfermedades de transmisión sexual se obviaba, o no se tocaba en profundidad. Y, por supuesto, la posibilidad de tendencias homosexuales, o de indefinición, ni siquiera se planteaba. Se daba por hecho que todas las chicas se sentían atraídas por los hombres, y que además, ese deseo regía su vida. Para colmo, cualquier idea que tuviera que ver con el cuerpo femenino y sus procesos despertaba burlas y desprecio. Yo, que como casi todas las chicas que conocía, había recibido la regla sin traumas, pero tampoco con alegría, había olvidado pronto esa sensación para limitarme a ocultarla, a que nadie notara que se daba un cambio hormonal en mí. Se hablaba con cierta naturalidad del síndrome premenstrual, pero los chicos no ocultaban 119

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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