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que se dirigían en los mismos términos que a las mayores, con cremas faciales adecuadas para su edad y mayor insistencia en ídolos masculinos jovencitos como única diferencia. La conclusión que se extraía de ellas era que no existía valor más importante en el mundo que resultar sexualmente atractiva. Ni los estudios, ni un futuro trabajo, ni el deseo de colaborar con organizaciones humanitarias, ni la preocupación por la familia, ni la formación de lazos firmes entre las amigas, ni el respeto por otras mujeres, ni el bienestar personal. Este último podía conseguirse a través de los tratamientos de belleza o las compras. Su cuerpo dejaba de ser suyo desde que eran muy niñas y se ponía a disposición de otros. Aunque desaparecieron con los años, las dietas de alrededor de mil calorías eran frecuentes. Tampoco la elegancia era un valor en alza: a cambio, proponían la última moda, los complementos nuevos y los looks extremos, que exigían invertir en ellos más dinero del que yo recibí nunca como asignación semanal. Jamás aparecían chicas rellenitas, o con aspecto infantil, con ortodoncias o acné, como es frecuente a los catorce años, sino jóvenes bellezas, calcos de las modelos adultas. Los consejos de aquel tipo parecían olvidar que a esa misma edad los intereses masculinos son muy distintos, con una carga sexual mucho menor, y que los arsenales de seducción se desperdician en ellos. Las niñas con actitudes provocativas y aspecto de lolita tienen muchas más posibilidades de despertar deseos sexuales en hombres mayores que en 117

Cuando comer es un infierno  
Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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