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gunté cuándo demonios habían encontrado tiempo para lanzarse al proceloso mar del sexo y convertirse en expertos en la materia. Ya no era tan crédula como para suponer que los chicos eran versiones mías con barba y músculos, pero me costaba aceptar que el sexo fuera una fuerza tan poderosa como para determinar una relación, como para nublar la razón o como para entregarse a ella sin más razón que el placer. El sexo disociado del amor me parecía casi una perversión, y continuaba creyendo en él como una concesión que la mujer otorgaba al hombre. No recuerdo sentir deseos sexuales, o quizás los negaba tan profundamente que pasaban desapercibidos. Me gustaba coquetear, y no me negaba a jugar a la seducción, pero imponía una distancia segura mucho antes de que pudiera comenzar a sentirme en peligro. No pasaba de figurarme las relaciones amorosas como ideas abstractas, como estructuras mentales que algún día, con el hombre adecuado, tomarían cuerpo. Después de todo, a mis ojos implicaban demasiado riesgo, dolor, la preocupación por los anticonceptivos, el riesgo de embarazo, la posibilidad de ser abandonada, de haber ofrecido demasiado a cambio de muy poco, ios rumores, la mala fama. Día a día comprobaba que las chicas que mantenían relaciones íntimas con sus novios gozaban de cierto respeto, e incluso consideración; pero las que cambiaban con demasiada frecuencia de compañero no se libraban de etiquetas malintencionadas. Incluso las muchachas con un novio fijo perdían rápidamente su reputación si tras una rup115

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