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segundo. Tampoco les dije que ya no iba a la academia, y acepté sin un solo comentario el dinero que me dieron para la matrícula y me lo gaste en mis festines particulares. Me despertaba por la noche con pesadillas en las que me descubrían y me echaban de casa, o me presentaba a exámenes que no había preparado. Otras veces soñaba que nada de esto había pasado, y cuando me levantaba por la mañana sentía ganas de llorar al ver en qué había convertido mi vida: una serie de mentiras y de atracones. Si alguien descubriera mi podrido interior, mis nuevos amigos de la universidad huirían de mí. A menudo intuía que, pese a vivir con el resto de la gente de mi edad, acudir a su misma clase, compartir su mismo tiempo libre, ellos estaban en conocimiento de secretos que para mí eran inimaginables. Daban por supuesto ideas o situaciones que yo ni siquiera sospechaba. Esos momentos me revelaban una Gloria ingenua, un poco infantilizada, en su propio mundo, posiblemente sobreprotegida, que daba al traste con la imagen que a mí me complacía ofrecer, madura, segura, responsable, un poco irónica y un punto agresiva. Cualquier cosa menos ser una de las dulces y parpadeantes criaturas queme rodeaban. Uno de esos secretos era la presunción de que en la universidad todo el mundo mantenía relaciones sexuales. Con cierta perplejidad asumí que los supuestos del instituto, aquellos que decían lo contrario, ya no servían en esta nueva etapa, y me pre-

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