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escribía cartas a mis amigos, a los que no vi durante el verano, o pasaba las horas con la vista fija en el papel, mientras mi madre leía en la misma habitación que yo, medio acompañándome, medio vigilando mi comportamiento. Cuando la angustia era demasiado intensa, les decía que iba a casa de una amiga a por apuntes, o a estudiar, compraba chucherías en cualquier tienda y me iba al parque a comerlas. Me sentía muy desgraciada, y creía que cada una de mis iniciativas terminaba en fracaso. Vivía en un continuo estado de nerviosismo, porque temía que mis padres descubrieran que seguía comiendo y vomitando (yo les había dicho repetidas veces que ya no lo hacía) y ahora, además, sentía pánico a que se enteraran de que les había mentido respecto a mis notas. No cumplí ni un solo día los objetivos de estudio, de modo que mi verano se arruinó y no aprobé ninguna de las asignaturas. Lo acepté, como era habitual en mí, con resignación, como justo castigo a no haber obrado correctamente, sin lamentarme por las horas perdidas que podría haber disfrutado aquel verano. Al fin y al cabo, ¿cómo hubiera podido disfrutar estando tan gorda? La playa, las fiestas nocturnas quedaban reservadas para las diosas esbeltas, las que aparentemente vivían una existencia plácida y sin problemas, y sabían cómo manejarse entre el ocio y los deberes. Regresé a la universidad para repetir curso sintiéndome de antemano fracasada, y con una mentira más sobre mi conciencia: oculté a mis padres los suspensos, y les hice creer que había pasado a 113

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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