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a la espera, bajo la ropa oscura. Quería cubrirme de colores, rosas, malvas, amarillo chillón, turquesa, pero no me atrevía. Como mucho, llegué al granate y al verde oliva. Los atracones eran menos frecuentes; no volví a engullir una caja de galletas entera, pero comía de continuo, y cada pocas horas vomitaba, casi como una medida preventiva. A menudo me encerraba en el cuarto de baño de mi casa y comía por la noche el bocadillo que mi madre me había preparado para el día siguiente. Me prometía que a cambio al mediodía aguantaría sin comer, pero antes o después acudía a las máquinas de la facultad o a las cafeterías cercanas y comía, siempre una cantidad un poco superior a la normal. Odiaba más que nunca la dependencia de la comida, y la vivía como si fuera a una droga. Continuaba imponiéndome dietas imposibles de cumplir para cualquier ser humano, y en el momento en el que fracasaba no era capaz de relativizar esa sensación: me parecía que había perdido el orgullo, que había tirado todo mi esfuerzo por la borda. Era indigna de todo respeto y me convertiría en una gorda informe porque había comido siete galletas. No conocía los puntos intermedios. Si fallaba en mis altísimas expectativas, el fracaso era absoluto y total. Académicamente, aquel año fue un desastre. Suspendí casi todas las asignaturas, y recibí las notas con sorpresa. No podía creer que el método que hasta entonces me había permitido sacar las mejores

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Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia