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se lo planteó. En ningún momento la mujer madura ganó protagonismo. Me recordaba demasiado al tópico del cincuentón acomodado del brazo de una muchachita vistosa y bien vestida, del que vimos también varios famosos ejemplos en los noventa. Según los criterios más tradicionales, él ostentaba de esa manera su poder y su riqueza. Pero ¿y ella? ¿Qué demostraba ella? ¿Y por qué todos los medios de comunicación alentaban y perpetuaban ese hábito? El requisito de poseer buen (o incluso excelente) aspecto menudeaba en los anuncios de trabajo, fuera para ser azafata, secretaria o dependienta. ¿Para qué demonios necesitaba una telefonista ser guapa? Lo que esa exigencia motivaba era, por un lado, que los puestos fueran cubiertos no por las personas más capaces, sino por las más atractivas; y, por el otro, presionaba a los rio agraciados para que consiguieran un nivel de belleza mayor. Al fin demostraban que quien no era guapo era porque no quería. Ya no había excusas. Quien no lo conseguía era por falta de voluntad, pereza o glotonería. Como yo. No aumentaba de peso, pero tampoco disminuía. Fiel a las reglas ópticas de la moda (las rayas verticales, los adornos discretos y los colores oscuros adelgazaban) vestí de negro durante años. Los diseñadores insistían en que no había color más elegante. Coco Chanel había jurado que vestiría a todas las mujeres de negro. Llegué a odiar el negro. El negro ocultaba, el negro negaba. Yo estaba allí, 110

Cuando comer es un infierno  
Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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