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dictaminando cómo era una persona: demasiado gorda, por lo general, o demasiado baja. O denotaba que si, como era mi caso, debía usar una talla distinta para chaquetas que para faldas, era claramente deforme. La delgadez ya no se asociaba únicamente a la inteligencia, la profesionalidad y el control: las modelos, junto con su peso, habían rebajado su edad, fuera ésta aparente o real, en una década. Estar delgado era ser joven, y juventud y esbeltez abrían aparentemente las puertas a un mundo de elegancia y belleza, sólo posible con esas condiciones. La vida se facilitaba. Todo podría conseguirse, todo, si se estaba lo suficientemente delgado. Es decir, la delgadez se asociaba al dinero: si antes el triunfador era rico, ahora, además, debía ser joven y estar delgado. La muerte de Christina Onassis, posiblemente bulímica, había probado que las ricas también lloran. Al menos, las ricas feas. Naomi Wolf, en su libro El mito de la belleza, había escrito: «Si sufrir es belleza, y belleza es amor, la mujer no puede estar segura de ser amada a menos que sufra». Para presumir, había que sufrir. Por tanto, no se admitían las quejas que conllevaba el ser hermosa. Se daba por sentado que para ser bella había que padecer un proceso doloroso, fuera dicho proceso el hambre, la cirugía o la disciplina. Ni siquiera se tomaban demasiado en serio las quejas cuando la cirugía estética resultaba fallida: ella se lo ha buscado, quién le mandó meterse en operaciones innecesarias... pero al mismo tiempo, esa misma ella, que ostentaba cicatrices, o sangrados, 108

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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