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Como cabía esperar, mis amigas y yo terminamos por pasar por el aro y adoptamos, con mayor o menor resistencia, la moda que se nos proponía. Adiós a los trajes sastres, adiós a lo favorecedor. Recorrimos mercadillos de segunda mano, compramos trapos y abalorios, mucho más feos de los que nos presentaban las revistas. Parecía tan sencillo cuando ellos lo proponían: el estilo del rastro, decían, un concepto nacido en la calle, cómodo y adecuado a los tiempos de crisis, decían. Entre risas, pero sin ocultar el malhumor, nos preguntábamos dónde demonios estarían los mercadillos en los que compraban los diseñadores de alta costura. Respecto a la comodidad, no eran ellos los más indicados para opinar. La moda masculina jamás ha sido pensada para realzar determinadas partes del hombre, sin importar que el cuerpo esté inmovilizado o incómodo. Ni tacones, ni medias reductoras, ni wonderbra, ni nada que no fueran camisas cómodas, vaqueros, zapatillas deportivas. El traje de hombre de negocios, si bien no permite grandes alegrías, es incomparablemente más práctico que su equivalente femenino, que incluye falda corta, medias transparentes y zapatos de tacón. Hablaban también de cómo cada mujer creaba su propia moda, de cómo ya no había imposiciones, y yo movía la cabeza. Por entonces se comenzaba también a hablar ya de las tallas demasiado pequeñas en las tiendas, una manera subliminal de decirnos que nos sobraban kilos, y de la posible frustración que eso provocaba en las chicas, que podía abocarlas a la anorexia. Ante nuestros ojos, la ropa estaba

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Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia