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la teoría, se reproducía una y otra vez en anuncios, revistas, mensajes y comportamientos. Parecía imposible encontrar una imagen verosímil de una mujer, una relación entre sexos equilibrada. ¿Tanto miedo sentían a enfrentarse a una mujer real? ¿Tan profunda era la crisis de la masculinidad? Odié a aquellas modelos. Si antes ya era difícil alcanzar al menos el peso de las anteriores, ya que no otras características, ahora esa misión parecía descabellada. Calculé cuánto debería adelgazar para tener la misma proporción de peso-altura de, Kate Moss, y descubrí que tendría que bajar a cuarenta y cuatro kilos. Ni en mis más desaforadas pesadillas hubiera soñado con aquello. En aquel momento no se me ocurrió pensar que las modelos eran mujeres bajo los mismos conceptos de apariencia y bajo las mismas presiones que yo. No pensé que pudieran ser anoréxicas (mucho menos bulímicas), que tendrían que estar eternamente a dieta, que ese ideal era difícil de mantener incluso para chicas extremadamente altas y delgadas. No creí que pudieran manipularlas. Sólo veía que se me pedía sumisión: por un lado, a los dictados de la moda y el aspecto físico, y por otro, a la vida, a mi papel como mujer. Por mucho que la sociedad fingiera adorar a la mujer, por muy femenina que la deseara y por muy fascinada que estuviera por sus distintas facetas, eso no reflejaba el menor respeto por la mujer auténtica, la verdadera, en todas sus acepciones: la pasión por lo femenino sólo incluía a quienes eran jóvenes y hermosas. 106

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia