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sería más sencillo encontrar un modelo de belleza con el que identificarse. A mí no me gustaban. Me parecieron feas, desgarbadas, y la ropa que lucían, hecha de harapos, restos hippies y superposiciones, resultaba imponible para quien mantuviera unas medidas normales. Sin embargo, estaba muy lejos de imaginar que aquellas muchachitas flacas y melancólicas, con aire desvalido y ojeroso, iniciaban entonces una influencia que no iba a disminuir en los años siguientes. Lejos de aproximar a la mujer de la calle una figura sana y lógica a la que parecerse, se nos recalcó la necesidad de perder peso. Hasta entonces, y desde que yo tenía uso de razón, lo único que había variado de temporada en temporada era la ropa. Desde luego, en el inconsciente colectivo habitaba Twiggy, y flacas ideales como la Audrey de Desayuno con diamantes o Inés de la Fressange, pero eran excepciones en un mundo de mujeres bellas y curvilíneas. Ahora, con las modelos de la época grunge, era la complexión lo que tenía que variar, y junto con el aspecto físico, la actitud. La mujer segura de sí misma había ido perdiendo puntos durante los ochenta, y la conclusión en los noventa era que el esfuerzo no había servido de nada, y daba mejores resultados regresar a la pasividad, a la doliente indefensión de las vírgenes cloróticas del siglo XIX. Algunas de estas chicas bordeaban la más inquietante indefinición: ¿eran mujeres? ¿Eran chicos muy jóvenes? Parecía que el viejo miedo a la fertilidad que nos inculcaron nuestras madres no había 104

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