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*** La moto iba haciendo eses, hacía rato que había encendido las luces. El disparo había alcanzado a la moto en un neumático y provocó que Héctor se precipitara sobre unas rocas, lastimándose el hombro. Le quedaba poco para llegar a casa, por lo que dejó la moto en la montaña y siguió a pie. Tan solo le restaban unos kilómetros para llegar y se curaría. Tendría que llamar al cuartel para dar cuenta de lo sucedido y… Alma…. No se acordaba de que tenía una invitada durmiendo nada más y nada menos que en su cama. Su solitaria cama donde no había estado ninguna mujer. ¿Qué iba a hacer? Seguro que se asustaba cuando viera que le habían herido. Las luces de la casa se perfilaron a lo lejos. El hombro le latía. Se palpó la ropa, maldición estaba sangrando y bastante. Joder, lo que le faltaba. Entró a oscuras, no quería hacer ruido. Si dormía no quería despertarla y asustarla. Se movió por la casa sin necesidad de luz, del aseo sacó el botiquín y volvió al salón y encendió una lámpara que a veces utilizaba para leer. Al alzar la vista del interruptor se topó con unos ojos verdes que lo sondearon. Alma no había hecho ruido cuando oyó que entraba, no le extrañó que fuera al aseo. Querría cambiarse de ropa para dormir, pero le pareció raro que volviera al salón y encendiese la luz de una lámpara en vez de echarse directamente en el sofá. Se tapó la boca para no gritar cuando vio que la camisa del uniforme verde estaba manchada de rojo. —Tranquila, no te asustes. Es solo un arañazo y… —al intentar subir los brazos no pudo evitar gemir. Ella le miró enfadada. —Sí, ya un arañazo. Déjame ver y… —se iba a acercar cuando él le dijo que no. — Anda ve y acuéstate. No quiero que veas esto y… — ¿Estás bromeando? ¿No?—por la mirada dura e inexpresiva que le dirigía creía que no—. Mira he visto heridas más o menos feas, en un animal, claro. Pero creo que puedo ayudarte—él la miró, sopesaba la idea

Peligrosamente tuya raquel campos  

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